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miércoles, 10 de junio de 2026

DON “JUAN CORINA”, ENTRE LA FE Y EL TRABAJO.

 



En el Valle de Agaete hay personas que forman parte del alma del lugar. Este es el caso de un vecino nacido en 1932, Don Juan Rosario, conocido como Juan Corina, que aún sigue entre nosotros y se ha convertido, con los años, en todo un emblema del barrio. Su vida es, en muchos sentidos, la memoria viva de un tiempo que ya casi no existe.

Este texto nace del recuerdo de una larga entrevista realizada hace algunos años, en la que su historia la contaba con sencillez, como quien no es consciente de que su vida también es la historia de todo un pueblo.

Don Juan del Rosario, vino al mundo un 24 de noviembre de 1932, en San Isidro, Gáldar. Su infancia quedó pronto marcada por el traslado familiar al Valle, cuando apenas contaba ocho años. Allí, bajo el amparo de su abuela, encontraron cobijo en una humilde habitación de “las Casas del Camino”, mientras la vida, poco a poco, iba tomando forma entre esfuerzos y oportunidades.

No tardaría su padre en encontrar trabajo como encargado del antiguo Hotel La Salud, en Los Berrazales, más tarde Casa San Pablo, por entonces propiedad de doña Carmen Quesada y después de la Iglesia. Aquel lugar sería escenario de muchos de los recuerdos que Juan guardaría para siempre: estampas de una vida sencilla, pero intensa, donde lo cotidiano adquiría tintes casi legendarios.

Evocaba, con media sonrisa, aquellas escenas en las que su padre, escopeta en mano, daba caza a los ratones que emergían por los fogones de la vieja cocina de leña, como si de conejos se tratase. O las travesuras compartidas con su hermano Pepe; “Pepito el cocinero”, con quien llegó a tramar una inocente y curiosa expedición nocturna: comprobar si era cierto que las monjas del lugar eran calvas. Armados de silencio y picardía, espiaron por el ojo de la cerradura de sus habitaciones, esperando descubrir un secreto que, en realidad, formaba parte de la imaginación infantil.

Empezó a trabajar con solo catorce años, como tantos jóvenes de su generación en lo que salía, y desde entonces ha sido ejemplo de esfuerzo y constancia. También ha estado siempre muy unido a la parroquia: fue monaguillo, sacristán y, aún hoy, en las medidas de sus fuerzas, continúa colaborando con sus oraciones.




La escuela llegó de la mano de un gesto que nunca olvidó: el del párroco don Juan Nuez, que le brindó la oportunidad de aprender, pagándole una academia privada en el Valle. Después vendrían los años de escuela pública y su servicio como monaguillo en San Pedro, donde el sonido de las campanas y el olor a incienso, acompañaba sus días.

Su mundo, por entonces, era su Valle. Un universo cerrado y suficiente, del que solo salía en contadas ocasiones: algún entierro o alguna visita familiar. Los viajes se hacían en el carro de Feliciano, de dos ruedas y tirado por bestias, avanzando al ritmo pausado de otra época. No sería hasta 1952, ya con veinte años, cuando Juan viajaría por primera vez a Las Palmas, al incorporarse como voluntario al ejército en el cuartel de Gando.

Eran tiempos de escasez, aunque no de hambre para él, pues su padre siempre encontraba la manera de “llenar el caldero”. Fue testigo de la dureza extrema del trabajo: veía cómo la mayoría de la gente del Valle ascendía hasta Tamadaba cargando pesados sacos de arena, cemento y otros materiales destinados a la construcción de presas y canales en la finca de Samsó, para luego emprender el regreso con enormes haces de leña a la espalda. Las cargas se pesaban sin siquiera descargarlas, sumando el peso del propio cuerpo y descontando después el de las mujeres y hombres que las portaban. Era tal el esfuerzo, tan desmedida la carga, que en más de una ocasión la balanza no resistía y terminaba por ceder.

Juan fue uno de los once herederos de Mister Leakoc, un acaudalado empresario inglés, que decidió en un gesto inesperado legar todas sus propiedades a once trabajadores de sus fincas. Aquella herencia, más que un regalo, se convirtió en el inicio de una larga batalla legal que los beneficiarios no estaban preparados para afrontar. Sin recursos económicos ni experiencia en trámites jurídicos complejos, los trabajadores pronto se vieron superados por la situación.

A medida que avanzaba el litigio, comenzaron a aparecer obstáculos cada vez más difíciles de sortear. Entre presiones políticas, maniobras legales dudosas y el interés de grandes empresarios por hacerse con las tierras, el proceso se fue enredando hasta volverse insostenible para los herederos. La falta de dinero para aceptar formalmente la herencia y pagar los impuestos, terminó siendo el golpe definitivo.

Finalmente, las tierras fueron expropiadas y sacadas a subasta en un proceso rodeado de polémica. Lejos de beneficiar a quienes habían trabajado durante años en ellas, acabaron en manos de un empresario local, cerrando así una historia marcada por la desigualdad, la ambición y la fragilidad de la justicia frente al poder.

Don Juan fue concejal y alcalde de barrio durante varios años, en los sesenta y setenta del pasado siglo, miembro destacado de la junta directiva de La Sociedad del Valle, entre otras.

Así transcurre la vida de Don Juan Corina: entre el trabajo y la inocencia, entre la necesidad y la dignidad, forjando el carácter de un hombre arraigado a su tierra y a su gente. Su historia no es solo la de un hombre, sino la memoria viva de todo un tiempo y un lugar, el Valle de Agaete.

Hay vidas que no solo se viven, sino que se quedan latiendo en la memoria de un pueblo.
La de Don Juan del Rosario, nuestro querido “Juan Corina”, es una de ellas.

JOSE RAMÓN SANTANA SUAREZ. -




Artículo publicado en el programa de las fiestas de San Pedro 2026,  del Valle de Agaete.




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