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domingo, 26 de julio de 2026

1976-2026, CINCUENTA AÑOS DE LA RETRETA MARINERA.


Cincuenta años de la Retreta Marinera: una idea nacida de la ilusión que se convirtió en tradición, 1976-2026.

Hay tradiciones que parecen haber existido desde siempre. Sin embargo, todas tienen un origen, unos protagonistas y una historia que merece ser contada. La Retreta Marinera de Agaete, que este año cumple cincuenta años, es una de ellas. Cinco décadas después de su nacimiento en 1976, continúa siendo uno de los actos más esperados de las fiestas en honor a Nuestra Señora de Las Nieves, congregando cada 16 de agosto a miles de personas en el Puerto de Las Nieves.

Corría el año 1976, cuando un grupo de personas decidió enriquecer el programa festivo con un acto diferente que prolongara la alegría de la Bajada de la Virgen. Eran otros tiempos. Los concejales desempeñaban su labor de forma totalmente altruista, sin remuneración alguna, dedicando a la vida pública las horas que les dejaban libres sus trabajos y sus familias.

Al frente de la concejalía de Fiestas se encontraba don Luis Nuez Jiménez, quien, junto a los miembros de la comisión de fiestas de aquel año, entre ellos; Dalia, Javi, Sergio, además de otros colaboradores, dieron forma a una iniciativa que acabaría marcando la historia de las fiestas de Agaete.

El entusiasmo, sin embargo, se encontró con un obstáculo: no había dinero para organizar el nuevo acto y ni siquiera constaba en el programa de las fiestas. Lejos de renunciar al proyecto, Luis Nuez Jiménez decidió asumir personalmente el coste de la primera edición, aportando de su bolsillo 20.000 pesetas, una cantidad considerable para la época. Aquel gesto permitió que la primera Retreta Marinera viera la luz y comenzara un recorrido que hoy alcanza su medio siglo de vida.

Don Luis Nuez entre el presidente Suárez y el alcalde Don José Antonio García. Año 1978.

A diferencia de lo que su nombre podría hacer pensar, la Retreta Marinera no es sino un alegre y colorido pasacalles por las calles del Puerto de Las Nieves. La comitiva avanza acompañada por las tradicionales farolas, los inseparables papagüebos, las bengalas y la música de la banda, creando una atmósfera festiva que ilumina la noche y contagia de alegría a vecinos y visitantes. La presencia de los faroles, bengalas y los papagüebos, forma parte de la tradición histórica de la Retreta en las fiestas de Agaete.

Con el paso de los años, aquella sencilla iniciativa fue creciendo hasta convertirse en una cita imprescindible del calendario festivo de agosto. Generaciones de agaetenses han participado en este desfile nocturno, manteniendo vivo el espíritu con el que nació hace cincuenta años.

A mediados de la década de los ochenta se incorporó un elemento que terminó de engrandecer la celebración: el espectáculo de fuegos artificiales acuáticos, que pone el broche final a la noche y que, por su espectacularidad, figura entre los más importantes de Gran Canaria. Esta incorporación consolidó definitivamente la Retreta Marinera del 16 de agosto, como uno de los grandes acontecimientos de las fiestas de Las Nieves.

Hoy, medio siglo después de aquella primera edición sufragada con el esfuerzo personal de un concejal y el trabajo desinteresado de una comisión de fiestas comprometida con su pueblo, la Retreta Marinera sigue emocionando a miles de personas. Es mucho más que un acto festivo: es el reflejo de una forma de entender el amor por las tradiciones.

Celebrar estos cincuenta años es también rendir homenaje a quienes hicieron posible que una idea nacida con escasos recursos, pero con una enorme ilusión, acabara convirtiéndose en uno de los símbolos más esperados de las fiestas de Las Nieves y del patrimonio festivo de Agaete.

LAS FIESTAS DE 1976.

Presupuesto de las fiestas de 1976.

Como se observa en el documento anterior, el presupuesto de las fiestas ascendía a 267.000 pesetas, una cantidad que hoy equivaldría aproximadamente a 1.600 euros en poder adquisitivo. Sin embargo, los ingresos previstos, procedentes principalmente de las verbenas, de los donativos de empresas y los vecinos, apenas alcanzaban las 140.000 pesetas. El importante desfase entre los gastos y la recaudación obligaba a la comisión de fiestas y al concejal responsable a desplegar toda su imaginación para conseguir los recursos necesarios.

Al final, gracias a las rifas, a la aportación del Ayuntamiento, que asumía el coste de la banda de música, de la traca del día 5 de agosto, y a que la recaudación de las verbenas solía superar las previsiones, se lograba cerrar las cuentas sin dejar deudas. Eran otros tiempos, en los que las fiestas salían adelante más por el esfuerzo colectivo, el trabajo desinteresado y la colaboración vecinal que por la disponibilidad de recursos económicos.

Las verbenas constituían una de las principales fuentes de financiación. La plaza se cerraba con un vallado y quienes querían disfrutar del baile debían adquirir su entrada que, en 1976, costaba unas 100 pesetas. Para los vecinos era el acontecimiento más esperado del verano, mientras que para la comisión de fiestas cada entrada vendida suponía un pequeño paso más para equilibrar el presupuesto.

Entrada de las verbenas 1976.

La contabilidad, además, era de una transparencia absoluta. Todos los gastos quedaban reflejados con un detalle casi entrañable. Entre los recibos conservados figura incluso la compra de dos botellas de coñac y una de ron, todas de un litro, destinadas a los peones que subieron a Tamadaba para cortar

la rama, una pequeña anécdota que hoy nos permite comprender mejor la forma de trabajar y de vivir aquellas fiestas, donde hasta el último gasto quedaba cuidadosamente registrado.










NIEVITA LA CAMBULLONERA, EL ALMA DE LA RAMA.


La historia de una mujer que convirtió su devoción, su alegría y su baile en uno de los símbolos más queridos de las fiestas de Agaete.


Si hay una figura que permanece ligada de forma imborrable a la historia y al sentir de nuestras fiestas, esa es la de Nieves García del Rosario, la entrañable «Nievita la Cambullonera». Vino al mundo en los primeros años del siglo XX y falleció a la admirable edad de 102 años, dejándonos una profunda huella en cuantos tuvimos la fortuna de conocerla. Nacida en Agaete, desarrolló gran parte de su vida en el barrio de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, nunca dejó de sentirse hija del Valle de Agaete, tierra que llevó siempre en el corazón. A ello se unía su profunda y sincera devoción por la Virgen de las Nieves, a quien profesó una fe inquebrantable y un amor que la acompañó hasta el final de sus días. Su recuerdo sigue vivo en la memoria colectiva de nuestro pueblo, formando ya parte del patrimonio humano y sentimental de estas fiestas.

Año tras año, mientras la salud y las fuerzas se lo permitieron, regresó fiel a su cita con La bajada de la Rama para cumplir la promesa que había hecho a su Virgen. Su presencia era inconfundible y esperada por todos. Vestida con el traje tradicional de mujer canaria, portando sobre la cabeza una cesta con unas cebollas, ajos y una botella de ron, recorría las calles en medio de la música y el bullicio festivo. Con aquella botella compartía brindis con los músicos y, de vez en cuando, también se regalaba un trago que parecía alimentar aún más su entusiasmo.


Pero si algo la hizo inolvidable fue su manera única de bailar. Se movía con gracia y desparpajo dentro del cordón que protegía a la banda de música, convirtiéndose en un espectáculo tan singular como entrañable. Quienes tuvimos la suerte de verla y bailar junto a ella, recordamos todavía aquella imagen llena de alegría, autenticidad y fervor popular.



Durante las décadas de los setenta y ochenta, y hasta bien avanzados los noventa, Nievita fue mucho más que una participante de La Rama: se convirtió en uno de sus símbolos más queridos y reconocibles. Su figura permanece viva en el recuerdo de varias generaciones de agaetenses, como ejemplo de amor a las tradiciones y de fidelidad a una fiesta que llevó siempre en el alma. Porque hay personas que, con su sola presencia, terminan formando parte de la propia historia de un pueblo, y Nievita ocupa, por derecho propio, un lugar imborrable en la memoria festiva de Agaete.

Y hay un deseo que siempre la acompañó y del que puedo dar fe: ver un papagüevo con su imagen recorriendo las calles de Agaete. Quizás intuía que esa sería la manera más hermosa de permanecer para siempre entre nosotros, bailando eternamente a los sones de nuestras bandas de música, como hizo durante toda su vida. Ojalá algún día quienes tienen la capacidad de hacerlo recojan esa idea y hagan realidad su sueño. Sería un merecido homenaje a una mujer que, con su alegría, su devoción y su autenticidad, se ganó para siempre un lugar privilegiado en el corazón de su pueblo.





Artículo del autor del blog, publicado en el programa de las fiestas de Agaete de 2026.



miércoles, 10 de junio de 2026

DON “JUAN CORINA”, ENTRE LA FE Y EL TRABAJO.

 



En el Valle de Agaete hay personas que forman parte del alma del lugar. Este es el caso de un vecino nacido en 1932, Don Juan Rosario, conocido como Juan Corina, que aún sigue entre nosotros y se ha convertido, con los años, en todo un emblema del barrio. Su vida es, en muchos sentidos, la memoria viva de un tiempo que ya casi no existe.

Este texto nace del recuerdo de una larga entrevista realizada hace algunos años, en la que su historia la contaba con sencillez, como quien no es consciente de que su vida también es la historia de todo un pueblo.

Don Juan del Rosario, vino al mundo un 24 de noviembre de 1932, en San Isidro, Gáldar. Su infancia quedó pronto marcada por el traslado familiar al Valle, cuando apenas contaba ocho años. Allí, bajo el amparo de su abuela, encontraron cobijo en una humilde habitación de “las Casas del Camino”, mientras la vida, poco a poco, iba tomando forma entre esfuerzos y oportunidades.

No tardaría su padre en encontrar trabajo como encargado del antiguo Hotel La Salud, en Los Berrazales, más tarde Casa San Pablo, por entonces propiedad de doña Carmen Quesada y después de la Iglesia. Aquel lugar sería escenario de muchos de los recuerdos que Juan guardaría para siempre: estampas de una vida sencilla, pero intensa, donde lo cotidiano adquiría tintes casi legendarios.

Evocaba, con media sonrisa, aquellas escenas en las que su padre, escopeta en mano, daba caza a los ratones que emergían por los fogones de la vieja cocina de leña, como si de conejos se tratase. O las travesuras compartidas con su hermano Pepe; “Pepito el cocinero”, con quien llegó a tramar una inocente y curiosa expedición nocturna: comprobar si era cierto que las monjas del lugar eran calvas. Armados de silencio y picardía, espiaron por el ojo de la cerradura de sus habitaciones, esperando descubrir un secreto que, en realidad, formaba parte de la imaginación infantil.

Empezó a trabajar con solo catorce años, como tantos jóvenes de su generación en lo que salía, y desde entonces ha sido ejemplo de esfuerzo y constancia. También ha estado siempre muy unido a la parroquia: fue monaguillo, sacristán y, aún hoy, en las medidas de sus fuerzas, continúa colaborando con sus oraciones.




La escuela llegó de la mano de un gesto que nunca olvidó: el del párroco don Juan Nuez, que le brindó la oportunidad de aprender, pagándole una academia privada en el Valle. Después vendrían los años de escuela pública y su servicio como monaguillo en San Pedro, donde el sonido de las campanas y el olor a incienso, acompañaba sus días.

Su mundo, por entonces, era su Valle. Un universo cerrado y suficiente, del que solo salía en contadas ocasiones: algún entierro o alguna visita familiar. Los viajes se hacían en el carro de Feliciano, de dos ruedas y tirado por bestias, avanzando al ritmo pausado de otra época. No sería hasta 1952, ya con veinte años, cuando Juan viajaría por primera vez a Las Palmas, al incorporarse como voluntario al ejército en el cuartel de Gando.

Eran tiempos de escasez, aunque no de hambre para él, pues su padre siempre encontraba la manera de “llenar el caldero”. Fue testigo de la dureza extrema del trabajo: veía cómo la mayoría de la gente del Valle ascendía hasta Tamadaba cargando pesados sacos de arena, cemento y otros materiales destinados a la construcción de presas y canales en la finca de Samsó, para luego emprender el regreso con enormes haces de leña a la espalda. Las cargas se pesaban sin siquiera descargarlas, sumando el peso del propio cuerpo y descontando después el de las mujeres y hombres que las portaban. Era tal el esfuerzo, tan desmedida la carga, que en más de una ocasión la balanza no resistía y terminaba por ceder.

Juan fue uno de los once herederos de Mister Leakoc, un acaudalado empresario inglés, que decidió en un gesto inesperado legar todas sus propiedades a once trabajadores de sus fincas. Aquella herencia, más que un regalo, se convirtió en el inicio de una larga batalla legal que los beneficiarios no estaban preparados para afrontar. Sin recursos económicos ni experiencia en trámites jurídicos complejos, los trabajadores pronto se vieron superados por la situación.

A medida que avanzaba el litigio, comenzaron a aparecer obstáculos cada vez más difíciles de sortear. Entre presiones políticas, maniobras legales dudosas y el interés de grandes empresarios por hacerse con las tierras, el proceso se fue enredando hasta volverse insostenible para los herederos. La falta de dinero para aceptar formalmente la herencia y pagar los impuestos, terminó siendo el golpe definitivo.

Finalmente, las tierras fueron expropiadas y sacadas a subasta en un proceso rodeado de polémica. Lejos de beneficiar a quienes habían trabajado durante años en ellas, acabaron en manos de un empresario local, cerrando así una historia marcada por la desigualdad, la ambición y la fragilidad de la justicia frente al poder.

Don Juan fue concejal y alcalde de barrio durante varios años, en los sesenta y setenta del pasado siglo, miembro destacado de la junta directiva de La Sociedad del Valle, entre otras.

Así transcurre la vida de Don Juan Corina: entre el trabajo y la inocencia, entre la necesidad y la dignidad, forjando el carácter de un hombre arraigado a su tierra y a su gente. Su historia no es solo la de un hombre, sino la memoria viva de todo un tiempo y un lugar, el Valle de Agaete.

Hay vidas que no solo se viven, sino que se quedan latiendo en la memoria de un pueblo.
La de Don Juan del Rosario, nuestro querido “Juan Corina”, es una de ellas.

JOSE RAMÓN SANTANA SUAREZ. -




Artículo publicado en el programa de las fiestas de San Pedro 2026,  del Valle de Agaete.