En el Valle de Agaete hay personas que
forman parte del alma del lugar. Este es el caso de un vecino nacido en 1932, Don
Juan Rosario, conocido como Juan Corina, que aún sigue entre nosotros y se
ha convertido, con los años, en todo un emblema del barrio. Su vida es, en
muchos sentidos, la memoria viva de un tiempo que ya casi no existe.
Este texto nace del recuerdo de una
larga entrevista realizada hace algunos años, en la que su historia la contaba
con sencillez, como quien no es consciente de que su vida también es la
historia de todo un pueblo.
Don Juan del Rosario, vino al mundo un
24 de noviembre de 1932, en San Isidro, Gáldar. Su infancia quedó pronto
marcada por el traslado familiar al Valle, cuando apenas contaba ocho años.
Allí, bajo el amparo de su abuela, encontraron cobijo en una humilde habitación
de “las Casas del Camino”, mientras la vida, poco a poco, iba tomando forma
entre esfuerzos y oportunidades.
No tardaría su padre en encontrar
trabajo como encargado del antiguo Hotel La Salud, en Los Berrazales, más tarde
Casa San Pablo, por entonces propiedad de doña Carmen Quesada y después de la
Iglesia. Aquel lugar sería escenario de muchos de los recuerdos que Juan
guardaría para siempre: estampas de una vida sencilla, pero intensa, donde lo
cotidiano adquiría tintes casi legendarios.
Evocaba, con media sonrisa, aquellas
escenas en las que su padre, escopeta en mano, daba caza a los ratones que
emergían por los fogones de la vieja cocina de leña, como si de conejos se
tratase. O las travesuras compartidas con su hermano Pepe; “Pepito el
cocinero”, con quien llegó a tramar una inocente y curiosa expedición nocturna:
comprobar si era cierto que las monjas del lugar eran calvas. Armados de
silencio y picardía, espiaron por el ojo de la cerradura de sus habitaciones,
esperando descubrir un secreto que, en realidad, formaba parte de la
imaginación infantil.
Empezó a trabajar con solo catorce
años, como tantos jóvenes de su generación en lo que salía, y desde entonces ha
sido ejemplo de esfuerzo y constancia. También ha estado siempre muy unido a la
parroquia: fue monaguillo, sacristán y, aún hoy, en las medidas de sus fuerzas,
continúa colaborando con sus oraciones.
La escuela llegó de la mano de un
gesto que nunca olvidó: el del párroco don Juan Nuez, que le brindó la
oportunidad de aprender, pagándole una academia privada en el Valle. Después
vendrían los años de escuela pública y su servicio como monaguillo en San
Pedro, donde el sonido de las campanas y el olor a incienso, acompañaba sus
días.
Su mundo, por entonces, era su Valle.
Un universo cerrado y suficiente, del que solo salía en contadas ocasiones:
algún entierro o alguna visita familiar. Los viajes se hacían en el carro de
Feliciano, de dos ruedas y tirado por bestias, avanzando al ritmo pausado de
otra época. No sería hasta 1952, ya con veinte años, cuando Juan viajaría por
primera vez a Las Palmas, al incorporarse como voluntario al ejército en el cuartel
de Gando.
Eran tiempos de escasez, aunque no de
hambre para él, pues su padre siempre encontraba la manera de “llenar el
caldero”. Fue testigo de la dureza extrema del trabajo: veía cómo la mayoría de
la gente del Valle ascendía hasta Tamadaba cargando pesados sacos de arena,
cemento y otros materiales destinados a la construcción de presas y canales en
la finca de Samsó, para luego emprender el regreso con enormes haces de leña a
la espalda. Las cargas se pesaban sin siquiera descargarlas, sumando el peso
del propio cuerpo y descontando después el de las mujeres y hombres que las
portaban. Era tal el esfuerzo, tan desmedida la carga, que en más de una
ocasión la balanza no resistía y terminaba por ceder.
Juan fue uno de los once herederos de
Mister Leakoc, un acaudalado empresario inglés, que decidió en un gesto
inesperado legar todas sus propiedades a once trabajadores de sus fincas.
Aquella herencia, más que un regalo, se convirtió en el inicio de una larga
batalla legal que los beneficiarios no estaban preparados para afrontar. Sin
recursos económicos ni experiencia en trámites jurídicos complejos, los
trabajadores pronto se vieron superados por la situación.
A medida que avanzaba el litigio,
comenzaron a aparecer obstáculos cada vez más difíciles de sortear. Entre
presiones políticas, maniobras legales dudosas y el interés de grandes
empresarios por hacerse con las tierras, el proceso se fue enredando hasta volverse
insostenible para los herederos. La falta de dinero para aceptar formalmente la
herencia y pagar los impuestos, terminó siendo el golpe definitivo.
Finalmente, las tierras fueron
expropiadas y sacadas a subasta en un proceso rodeado de polémica. Lejos de
beneficiar a quienes habían trabajado durante años en ellas, acabaron en manos
de un empresario local, cerrando así una historia marcada por la desigualdad,
la ambición y la fragilidad de la justicia frente al poder.
Don Juan fue concejal y alcalde de
barrio durante varios años, en los sesenta y setenta del pasado siglo, miembro
destacado de la junta directiva de La Sociedad del Valle, entre otras.
Así transcurre la vida de Don Juan
Corina: entre el trabajo y la inocencia, entre la necesidad y la dignidad,
forjando el carácter de un hombre arraigado a su tierra y a su gente. Su
historia no es solo la de un hombre, sino la memoria viva de todo un tiempo y
un lugar, el Valle de Agaete.
Hay vidas que no solo se viven, sino
que se quedan latiendo en la memoria de un pueblo.
La de Don Juan del Rosario, nuestro querido “Juan Corina”, es una de ellas.
JOSE RAMÓN SANTANA SUAREZ. -
Artículo publicado en el programa de las fiestas de San Pedro 2026, del Valle de Agaete.



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