
¡Bienvenidos a Historias de Agaete! Soy Pepe Santana, y en este espacio quiero rescatar del olvido pequeños fragmentos de la historia de nuestra villa. Aquí encontrarás relatos y anécdotas de la vida cotidiana, contados de manera sencilla y amena, con el único propósito de disfrutar y mantener viva nuestra memoria colectiva. Te recomiendo visitar la versión web para acceder a todos los artículos. ¡Gracias por tu interés y por acompañarme en este viaje al pasado!
domingo, 26 de julio de 2026
1976-2026, CINCUENTA AÑOS DE LA RETRETA MARINERA.

NIEVITA LA CAMBULLONERA, EL ALMA DE LA RAMA.
miércoles, 10 de junio de 2026
DON “JUAN CORINA”, ENTRE LA FE Y EL TRABAJO.
En el Valle de Agaete hay personas que
forman parte del alma del lugar. Este es el caso de un vecino nacido en 1932, Don
Juan Rosario, conocido como Juan Corina, que aún sigue entre nosotros y se
ha convertido, con los años, en todo un emblema del barrio. Su vida es, en
muchos sentidos, la memoria viva de un tiempo que ya casi no existe.
Este texto nace del recuerdo de una
larga entrevista realizada hace algunos años, en la que su historia la contaba
con sencillez, como quien no es consciente de que su vida también es la
historia de todo un pueblo.
Don Juan del Rosario, vino al mundo un
24 de noviembre de 1932, en San Isidro, Gáldar. Su infancia quedó pronto
marcada por el traslado familiar al Valle, cuando apenas contaba ocho años.
Allí, bajo el amparo de su abuela, encontraron cobijo en una humilde habitación
de “las Casas del Camino”, mientras la vida, poco a poco, iba tomando forma
entre esfuerzos y oportunidades.
No tardaría su padre en encontrar
trabajo como encargado del antiguo Hotel La Salud, en Los Berrazales, más tarde
Casa San Pablo, por entonces propiedad de doña Carmen Quesada y después de la
Iglesia. Aquel lugar sería escenario de muchos de los recuerdos que Juan
guardaría para siempre: estampas de una vida sencilla, pero intensa, donde lo
cotidiano adquiría tintes casi legendarios.
Evocaba, con media sonrisa, aquellas
escenas en las que su padre, escopeta en mano, daba caza a los ratones que
emergían por los fogones de la vieja cocina de leña, como si de conejos se
tratase. O las travesuras compartidas con su hermano Pepe; “Pepito el
cocinero”, con quien llegó a tramar una inocente y curiosa expedición nocturna:
comprobar si era cierto que las monjas del lugar eran calvas. Armados de
silencio y picardía, espiaron por el ojo de la cerradura de sus habitaciones,
esperando descubrir un secreto que, en realidad, formaba parte de la
imaginación infantil.
Empezó a trabajar con solo catorce
años, como tantos jóvenes de su generación en lo que salía, y desde entonces ha
sido ejemplo de esfuerzo y constancia. También ha estado siempre muy unido a la
parroquia: fue monaguillo, sacristán y, aún hoy, en las medidas de sus fuerzas,
continúa colaborando con sus oraciones.
La escuela llegó de la mano de un
gesto que nunca olvidó: el del párroco don Juan Nuez, que le brindó la
oportunidad de aprender, pagándole una academia privada en el Valle. Después
vendrían los años de escuela pública y su servicio como monaguillo en San
Pedro, donde el sonido de las campanas y el olor a incienso, acompañaba sus
días.
Su mundo, por entonces, era su Valle.
Un universo cerrado y suficiente, del que solo salía en contadas ocasiones:
algún entierro o alguna visita familiar. Los viajes se hacían en el carro de
Feliciano, de dos ruedas y tirado por bestias, avanzando al ritmo pausado de
otra época. No sería hasta 1952, ya con veinte años, cuando Juan viajaría por
primera vez a Las Palmas, al incorporarse como voluntario al ejército en el cuartel
de Gando.
Eran tiempos de escasez, aunque no de
hambre para él, pues su padre siempre encontraba la manera de “llenar el
caldero”. Fue testigo de la dureza extrema del trabajo: veía cómo la mayoría de
la gente del Valle ascendía hasta Tamadaba cargando pesados sacos de arena,
cemento y otros materiales destinados a la construcción de presas y canales en
la finca de Samsó, para luego emprender el regreso con enormes haces de leña a
la espalda. Las cargas se pesaban sin siquiera descargarlas, sumando el peso
del propio cuerpo y descontando después el de las mujeres y hombres que las
portaban. Era tal el esfuerzo, tan desmedida la carga, que en más de una
ocasión la balanza no resistía y terminaba por ceder.
Juan fue uno de los once herederos de
Mister Leakoc, un acaudalado empresario inglés, que decidió en un gesto
inesperado legar todas sus propiedades a once trabajadores de sus fincas.
Aquella herencia, más que un regalo, se convirtió en el inicio de una larga
batalla legal que los beneficiarios no estaban preparados para afrontar. Sin
recursos económicos ni experiencia en trámites jurídicos complejos, los
trabajadores pronto se vieron superados por la situación.
A medida que avanzaba el litigio,
comenzaron a aparecer obstáculos cada vez más difíciles de sortear. Entre
presiones políticas, maniobras legales dudosas y el interés de grandes
empresarios por hacerse con las tierras, el proceso se fue enredando hasta volverse
insostenible para los herederos. La falta de dinero para aceptar formalmente la
herencia y pagar los impuestos, terminó siendo el golpe definitivo.
Finalmente, las tierras fueron
expropiadas y sacadas a subasta en un proceso rodeado de polémica. Lejos de
beneficiar a quienes habían trabajado durante años en ellas, acabaron en manos
de un empresario local, cerrando así una historia marcada por la desigualdad,
la ambición y la fragilidad de la justicia frente al poder.
Don Juan fue concejal y alcalde de
barrio durante varios años, en los sesenta y setenta del pasado siglo, miembro
destacado de la junta directiva de La Sociedad del Valle, entre otras.
Así transcurre la vida de Don Juan
Corina: entre el trabajo y la inocencia, entre la necesidad y la dignidad,
forjando el carácter de un hombre arraigado a su tierra y a su gente. Su
historia no es solo la de un hombre, sino la memoria viva de todo un tiempo y
un lugar, el Valle de Agaete.
Hay vidas que no solo se viven, sino
que se quedan latiendo en la memoria de un pueblo.
La de Don Juan del Rosario, nuestro querido “Juan Corina”, es una de ellas.
JOSE RAMÓN SANTANA SUAREZ. -
Artículo publicado en el programa de las fiestas de San Pedro 2026, del Valle de Agaete.
sábado, 22 de noviembre de 2025
"EL ÚLTIMO BOTELLÍN DEL PEROLA"
El 30 de mayo de 1992, José Juan Jiménez Dámaso, para el mundo entero y parte de la galaxia, Pepe el Perola, decidió colgar la venta ambulante de loterías y apostar por la que sería la jugada ganadora de su vida: reabrir el viejo bar que dormía entre los estantes de la antigua tienda de aceite y vinagre de los hermanos Lasito y Antoñito. Y mira tú por dónde, el 30 de mayo de 2025, se cumplió ya treinta y tres años desde aquella locura gloriosa.
La aventura no empezó precisamente con un brindis: la veterinaria inspectora de Sanidad veía aquellos mostradores de madera y expositores del pleistoceno y le empezó a picar el ojo. Que si “hay que cambiarlos”, que si “esto no cumple la normativa”, que si “dónde va usted con esta reliquia”… Pero al final, tras mucho papeleo, sudores y algún que otro suspiro mirando al techo, el local fue catalogado como bien etnográfico. Resultado: todo se quedó igualito que siempre. ¿Higiénico? Bueno… digamos que era tradicional, era historia, y con eso bastaba.
Pepe es la paciencia hecha persona, un bonachón de manual… siempre que no le toquen los cataplines. Porque cuando alguien lo altera, le sale la “vena tupía”, y más vale apartarse si uno no quiere convertirse en víctima colateral. Y si la cosa se complica, ahí está siempre “ma” con la escoba, lista para impartir justicia con el método tradicional.
Hoy, El Perola no es solo un bar: es un bien etnográfico con ficha en la FEDAC de Gran Canaria, un templo donde las paredes cuentan historias y donde el sabor de un botellín no es el mismo que en ningún otro sitio. Porque, igual que el vaso influye en el vino, el lugar y el cantinero influye en el alma… y en El Perola las cosas saben mejor, más frescas y más nuestras.
Pero hoy… toca decir adiós
No es fácil despedirse de un lugar que huele a recuerdos, a madera vieja, a conversación sincera y a manises esparramaos. Un sitio donde uno entraba a por un botellín y salía con dos amigos nuevos, tres anécdotas y alguna que otra verdad universal descubierta a base de charla.
Quizá cierre la puerta, quizá las luces se apaguen, quizás las enciendan otros, pero lo que se vivió ahí dentro no lo borra nadie. Ni la normativa, ni la modernidad, ni las prisas del tiempo.
Ojalá llegue un día en que volvamos a celebrar algo juntos, aunque sea en otro sitio, aunque sea de otra forma. Mientras tanto, nos quedamos con los recuerdos, con las risas, con los manises y con la escoba de ma y el espíritu de pa, siempre listos para poner orden en el caos.
Gracias, Pepe. Gracias, Perola. Cambiará el cantinero del bar, pero no la historia.
Hoy nos comunica su cierre, con el mismo humor, el mismo espíritu y la misma escoba protectora de ma.
Muchas exitos en tu nueva situación Pepe. Y que viva El Perola.
martes, 18 de noviembre de 2025
UN TESTIMONIO PARA LA MEMORIA HISTÓRICA, EL AGAETE DE 1923.
La historia política de Agaete, como la de tantos
municipios rurales del archipiélago canario, estuvo marcada durante siglos por
redes familiares que ejercieron un poder casi absoluto sobre la vida local.
Desde el siglo XVIII, la familia Armas, junto con otras ramas afines, formó
parte del gobierno municipal de una u otra forma. Ese predominio se consolidó
especialmente durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, cuando el
caciquismo se convirtió en un engranaje habitual de la política española, y Agaete
no fue una excepción.
Un documento
inesperado
Hace poco llegó a mis manos, procedente de un
archivo privado, un escrito fechado en octubre de 1923, y dirigido al entonces
presidente del Directorio Militar, el General Miguel Primo de Rivera, semanas después de
instaurada su dictadura. Su supuesto autor, el agaetense Juan García Arteaga, quien años después, en 1931, participa en la fundación de la Agrupación
Socialista de Agaete y es su primer presidente, elevó una queja formal denunciando la situación política
del municipio, dominado según él, por un grupo de familias que controlaban la
administración “como si de una propiedad privada, hereditaria y perpetua se
tratara”.
El documento, parece que fue publicado en su día
por el periódico El Tribuno, constituye un valioso testimonio de la
percepción ciudadana sobre el poder local en aquellos años, y arroja luz sobre
tensiones políticas que difícilmente aparecen en documentos oficiales. La
misiva, de tono firme y por momentos dramático, ilumina las tensiones sociales
y políticas que subyacían bajo la aparente normalidad administrativa de la época en Agaete.
Críticas al poder local: “La conciencia ciudadana es violada”.
García Arteaga describe a los ediles y caciques locales como un grupo cerrado, ajeno al interés público y entregado a la manipulación electoral y sus propios intereses:
“No ha de imperar otra voluntad que la de ellos.
La conciencia ciudadana es violada, y el elector que no cede a los halagos o
promesas, tendrá que sucumbir a las amenazas. Las leyes del Estado para ellos
no existen…”
En su denuncia señala la supuesta existencia de
un sistema que premiaba la obediencia y castigaba la disidencia, garantizando
así la continuidad de estas familias al frente del Ayuntamiento.
¿Un incendio
intencionado en 1910?
Uno de los pasajes más impactantes alude al
incendio del Archivo Municipal en septiembre de 1910. El escrito sugiere que
aquel fuego, que destruyó expedientes y documentación no fue casual, sino una
maniobra para ocultar irregularidades:
“Hace algunos años, eran tan graves las
responsabilidades en que habían incurrido, y por temor a una inspección, la
‘casualidad’ salvadora quiso que el archivo del ayuntamiento ardiese…”
Aunque estas afirmaciones no pueden tomarse como
prueba concluyente, sí revelan la profunda desconfianza de parte de la
población hacia las autoridades locales.
Servicios
públicos en abandono
El texto ofrece además un retrato muy duro del
estado de los servicios municipales hacia 1923: calles sin alumbrado, vías
sucias y deterioradas, escuelas insuficientes, plazas utilizadas
para beneficiar a personas afines al poder, y un cementerio descrito de manera
especialmente cruda:
“El Campo Santo… , cuyo camino, en vez de un camino es una vereda (...) asemejase más a un muladar que a
un cementerio de seres humanos. Innumerables huesos (…) háyanse esparcidos
sobre la superficie.”
La descripción del matadero municipal: “en el extremo de una calles más céntrica, al aire
libre y convertido en “un constante foco de infección”. La misiva muestra el contraste
entre los impuestos pagados por los vecinos, en especial el "odioso" impuesto de consumo, y la casi total inexistencia de
servicios dignos.
Obras públicas
al servicio de intereses privados.
Según García Arteaga, los recursos municipales se
desviaban hacia obras destinadas a favorecer a los propios caciques:
“El dinero del municipio (…) está saliendo para
una carretera que conduce a unas fincas particulares de estos mismos caciques y
a un hotel recién construido, donde se explotan clandestinamente aguas
medicinales.”
Se refiere; a la carretera del Valle, al hotel y balneario, conocido en la época como
La Salud, propiedad entonces de las familias Armas Merino y Ramos
Medina, ocupan hoy el emplazamiento de la actual Casa San Pablo.
“En las plazas, en vez de tenderse a su embellecimiento y ensanche, se regalan solares para edificar en ellas los allegado a la politica dominante”…
Un llamamiento
desesperado.
El escrito de cinco cuartillas, termina con un ruego dramático, en el
que el autor se presenta como portavoz del “esclavizado pueblo” de Agaete, pidiendo a
Primo de Rivera una inspección urgente del Ayuntamiento y un castigo ejemplar
para los responsables:
“El pueblo, profundamente agradecido, bendeciría
a V.E. eternamente.”
Aunque desconocemos si su petición tuvo algún
efecto, el documento nos permite comprender el clima político y social que se
vivía en Agaete en aquellos años de transición hacia la república y posterior dictadura.
Un testimonio
para la memoria histórica de Agaete
Más allá de las acusaciones concretas, este
escrito refleja una época en la que la vida municipal de muchos pueblos estaba
profundamente condicionada por redes familiares, clientelismo y ausencia de
controles efectivos. En el caso de Agaete, dos apellidos aparecen con especial
frecuencia en la documentación histórica: Armas Merino y Ramos Medina,
cuyos miembros, como Francisco de Armas y Graciliano Ramos, además cuñados, se turnaron en la
alcaldía durante buena parte de las primeras décadas del siglo XX.
El hallazgo de este documento es, por tanto, una
pieza más para entender un período clave de nuestra historia local.
Más allá de las acusaciones concretas, que pertenecen al terreno de la
interpretación histórica y deben situarse dentro del clima político del
momento, este documento representa una valiosa ventana hacia la vida municipal
de Agaete en los albores del siglo XX. Constituye, además, un raro testimonio
de resistencia ciudadana frente a la estructura caciquil que caracterizó buena
parte de la política canaria hasta la llegada de la Segunda República.
La voz de Juan García Arteaga, preservada
contra todo pronóstico, nos permite escuchar el eco de un tiempo en que la
lucha por la dignidad pública y la transparencia administrativa comenzaba a
tomar forma en los márgenes de los pueblos.
lunes, 29 de septiembre de 2025
LAS FIESTAS DEL RISCO DE AGAETE, UNA TRADICIÓN INTERRUMPIDA.
Las fiestas del Risco de Agaete: una
tradición interrumpida.
Enclavado en uno
de los tres valles de la abrupta geografía del municipio de Agaete, el Risco ha
sido desde siempre un lugar donde, además de la naturaleza, la fe ha marcado el
ritmo de la vida. A mediados del siglo XX, este caserío conservaba la esencia
de los pueblos pequeños de Gran Canaria: casas humildes de piedra y cal, callejones
de tierra, familias dedicadas a la agricultura de subsistencia, a la crianza de
animales y al monte cercano de Tamadaba. El agua de los nacientes, recogida en
estanques y canales, era el tesoro más preciado, pues de ella dependían las
cosechas de millo, papas, tomates o frutales.
La escuela
pública del Risco era uno de los pocos puntos de encuentro colectivo. Allí los
niños aprendían las primeras letras bajo la guía de maestras entregadas como
doña Evarista Santana Martín, mientras los mayores se reunían delante del bar
de Perdomo, al borde de la carretera a la Aldea o en los caminos al caer la
tarde, compartiendo historias, faenas y esperanzas. La religión ocupaba un
lugar central en la vida de estas familias, que veían en la fe un consuelo y
una fuerza para sobrellevar las dificultades cotidianas de vivir alejados del
pueblo, 14 kilómetros por una tortuosa carretera, entonces y aún ahora, llena
de peligros.
Fue en este contexto cuando, en 1959, el entonces párroco de Agaete, don Manuel Alonso Luján (1905-1971), impulsó la idea de traer al barrio la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa. Se refiere a la Virgen María en el contexto de las apariciones a Santa Catalina Labouré, en París en 1830, que terminaron con la creación de la Medalla Milagrosa. Esta medalla, originalmente llamada de la Inmaculada Concepción de María se popularizó como "Milagrosa" por las numerosas gracias y milagros que se atribuyen a su portación con fe. No obstante, en el acta municipal de 29 de octubre de 1959, se le denomina; “Virgen Auxiliadora”.
Acta municipal
de 29 de octubre de 1959.
La propuesta
despertó un entusiasmo inmediato: cada vecino, dentro de sus posibilidades,
aportó una cantidad para hacer realidad aquel sueño. El esfuerzo fue colectivo
y sincero, pronto se reunió la suma de 667,50 pesetas, a las que se añadieron
las 100 pesetas que entregó el propio párroco y las 500 pesetas que aportó el
ayuntamiento. Aunque el coste final de la imagen y sus floreros ascendió a unas
1.200 pesetas, nada pudo frenar el empeño del pueblo, que encontró en la
solidaridad su mayor riqueza.
El 12 de
octubre de ese mismo año, coincidiendo con la festividad de la Virgen del
Pilar, se celebró la solemne bendición de la imagen en la escuela pública. La
ceremonia, que comenzó a las cuatro de la tarde, reunió a las autoridades
municipales encabezadas por el alcalde don Pedro Esparza Martín, y a un gentío
que abarrotaba el recinto con emoción. Tras la bendición, una procesión
recorrió el caserío del Risco, adornado con flores y colchas en las azoteas,
mientras sonaban los acordes de la banda municipal de música dirigida por don
Enrique Asencio Ruano.
El acto tuvo además un carácter entrañable, pues fueron nombrados padrinos y madrinas vecinos muy queridos en la comunidad. Entre los padrinos figuraban don Juan Álamo Hernández, don Domingo del Rosario Álamo, don Salvador del Rosario Gil y don Francisco Álvarez Suárez. Como madrinas participaron doña Juana Álamo Ramos, doña Rosario Medina Dámaso y la maestra del lugar, doña Evarista Santana Martín. Todos ellos, junto a los vecinos que acompañaron la procesión, dieron al acontecimiento un aire solemne y festivo, mezcla de devoción y orgullo colectivo.
Aquella
jornada no solo significó la llegada de una imagen religiosa; fue también un
momento de unión, de identidad y de esperanza. En un tiempo en el que la vida
se sostenía con sacrificio y trabajo duro, la Virgen de la Medalla Milagrosa
vino a ser un símbolo de protección, amparo y futuro.
Hoy, más de
seis décadas después, la memoria de aquel 12 de octubre de 1959, sigue viva en
el barrio del Risco, la tierra donde vio la luz mi abuelo materno, Pedro Suárez
Martín. La Virgen continúa siendo venerada por los hijos y nietos de aquellos
risqueros que ya no están con nosotros.
En la actualidad el
barrio del Risco de Agaete vive cada primer domingo de octubre con especial
emoción las fiestas en honor a la Virgen de la Milagrosa, una celebración que
nació de la devoción que, como hemos relatado, surgió a mediados del siglo XX.
La llegada de la imagen al barrio supuso un símbolo de protección y esperanza
para una comunidad que vive entre el Faneque y el mar, marcada en aquellos años
por el pinar y la agricultura. Desde entonces, la festividad ha sido mucho más
que un calendario de actos: era la ocasión para reforzar lazos, compartir
alegrías y mantener viva la identidad de un espacio singular.
Las casas y las
pocas calles solían llenarse de música, y procesión, en un ambiente donde la fe
se unía a la convivencia. Las fiestas del Risco no eran solo religiosas,
también eran una cita de encuentro, de celebración sencilla y entrañable,
profundamente arraigada en la memoria colectiva de Agaete.
Este año, sin
embargo, la tradición se ha visto interrumpida. Por motivos administrativos y
políticos, las discrepancias entre la Policía Local y el Ayuntamiento, marcadas
por la negativa de los agentes a trabajar fuera de su horario reglamentado y la
falta de acuerdo institucional, no fue posible garantizar la seguridad de los festejos.
La consecuencia fue un barrio en silencio, donde otros años resonaban los
cantos de las verbenas y el bullicio de vecinos y visitantes.
Porque en Agaete,
las fiestas del Risco no son solo devoción: son memoria, cultura y futuro
compartido.
Bibliografía:
Testimonio don Luis Nuez del Rosario.
Archivo municipal de Agaete.
Fotos; archivo personal de don Teodoro Rodríguez.
lunes, 22 de septiembre de 2025
UN PASEO POR LOS AÑOS SETENTA DEL PASADO SIGLO, GALERÍA FOTOGRÁFICA.
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